Luis Figo ya no es el enemigo público número 1 de los culés. Ese dudoso ‘honor’ se lo ha ganado a pulso su compatriota Jose Mourinho, el irritante entrenador del Chelsea. Ambos tienen en común su pasado blaugrana –el primero como gran estrella del equipo que ganó dos Ligas y una Copa con Van Gaal y el segundo, como traductor-ayudante de Robson– y ahora comparten las inquinas de los aficionados y socios del Barça. La traición de Figo en el año 2000, lanzándose a los brazos de Florentino Pérez a cambio de un contrato milmillonario, rompió muchos corazones barcelonistas. Aunque ahora el técnico del equipo inglés le ha arrebatado el liderazgo del ranking después de sus últimos enfrentamientos verbales con Rijkaard, sus actitudes provocadoras y sus poses chulescas.

De todas formas, parece que Figo jamás olvidará el día de su regreso al Camp Nou vestido de blanco. Aquella noche se registró la pitada más grande de la historia en el Estadi al grito de “¡Pesetero, pesetero!”. El rencor que había provocado su vileza debía explotar de alguna manera. Y así fue. Pero la integridad física del jugador jamás estuvo en peligro. Ni dentro ni fuera del terreno de juego. Ni siquiera recibió la más mínima amenaza. Los catalanes somos gente pacífica y discreta, que preferimos el diálogo a las bofetadas. El, que vivió los cinco mejores años de su vida profesional y personal en la Ciudad Condal, debería recordarlo.

Por eso me extraña que ahora el portugués realice unas sorprendentes declaraciones en un diario de su país asegurando que “nunca voy a Barcelona porque tengo miedo de encontrarme a algún loco, aunque yo tengo la conciencia muy tranquila”. Está claro que, como diría mi hija, se la ha ‘ido la pinza’.

Primero, porque aquí ya nadie se acuerda de él, ni para bien ni para mal. Y segundo, porque pensar que puede ser objeto de una agresión por haber ido en el pasado al Real Madrid es creerse demasiado importante.

Figo y su familia pueden venir cuando quieran. A lo máximo que se expone es a una mala cara. Tenemos otras cosas más importantes de las que preocuparnos.

Luis Figo ya no es el enemigo público número 1 de los culés. Ese dudoso ‘honor’ se lo ha ganado a pulso su compatriota Jose Mourinho, el irritante entrenador del Chelsea. Ambos tienen en común su pasado blaugrana –el primero como gran estrella del equipo que ganó dos Ligas y una Copa con Van Gaal y el segundo, como traductor-ayudante de Robson– y ahora comparten las inquinas de los aficionados y socios del Barça. La traición de Figo en el año 2000, lanzándose a los brazos de Florentino Pérez a cambio de un contrato milmillonario, rompió muchos corazones barcelonistas. Aunque ahora el técnico del equipo inglés le ha arrebatado el liderazgo del ranking después de sus últimos enfrentamientos verbales con Rijkaard, sus actitudes provocadoras y sus poses chulescas.

De todas formas, parece que Figo jamás olvidará el día de su regreso al Camp Nou vestido de blanco. Aquella noche se registró la pitada más grande de la historia en el Estadi al grito de “¡Pesetero, pesetero!”. El rencor que había provocado su vileza debía explotar de alguna manera. Y así fue. Pero la integridad física del jugador jamás estuvo en peligro. Ni dentro ni fuera del terreno de juego. Ni siquiera recibió la más mínima amenaza. Los catalanes somos gente pacífica y discreta, que preferimos el diálogo a las bofetadas. El, que vivió los cinco mejores años de su vida profesional y personal en la Ciudad Condal, debería recordarlo.

Por eso me extraña que ahora el portugués realice unas sorprendentes declaraciones en un diario de su país asegurando que “nunca voy a Barcelona porque tengo miedo de encontrarme a algún loco, aunque yo tengo la conciencia muy tranquila”. Está claro que, como diría mi hija, se la ha ‘ido la pinza’.

Primero, porque aquí ya nadie se acuerda de él, ni para bien ni para mal. Y segundo, porque pensar que puede ser objeto de una agresión por haber ido en el pasado al Real Madrid es creerse demasiado importante.

Figo y su familia pueden venir cuando quieran. A lo máximo que se expone es a una mala cara. Tenemos otras cosas más importantes de las que preocuparnos.
Luis Figo ya no es el enemigo público número 1 de los culés. Ese dudoso ‘honor’ se lo ha ganado a pulso su compatriota Jose Mourinho, el irritante entrenador del Chelsea. Ambos tienen en común su pasado blaugrana –el primero como gran estrella del equipo que ganó dos Ligas y una Copa con Van Gaal y el segundo, como traductor-ayudante de Robson– y ahora comparten las inquinas de los aficionados y socios del Barça. La traición de Figo en el año 2000, lanzándose a los brazos de Florentino Pérez a cambio de un contrato milmillonario, rompió muchos corazones barcelonistas. Aunque ahora el técnico del equipo inglés le ha arrebatado el liderazgo del ranking después de sus últimos enfrentamientos verbales con Rijkaard, sus actitudes provocadoras y sus poses chulescas.

De todas formas, parece que Figo jamás olvidará el día de su regreso al Camp Nou vestido de blanco. Aquella noche se registró la pitada más grande de la historia en el Estadi al grito de “¡Pesetero, pesetero!”. El rencor que había provocado su vileza debía explotar de alguna manera. Y así fue. Pero la integridad física del jugador jamás estuvo en peligro. Ni dentro ni fuera del terreno de juego. Ni siquiera recibió la más mínima amenaza. Los catalanes somos gente pacífica y discreta, que preferimos el diálogo a las bofetadas. El, que vivió los cinco mejores años de su vida profesional y personal en la Ciudad Condal, debería recordarlo.

Por eso me extraña que ahora el portugués realice unas sorprendentes declaraciones en un diario de su país asegurando que “nunca voy a Barcelona porque tengo miedo de encontrarme a algún loco, aunque yo tengo la conciencia muy tranquila”. Está claro que, como diría mi hija, se la ha ‘ido la pinza’.

Primero, porque aquí ya nadie se acuerda de él, ni para bien ni para mal. Y segundo, porque pensar que puede ser objeto de una agresión por haber ido en el pasado al Real Madrid es creerse demasiado importante.

Figo y su familia pueden venir cuando quieran. A lo máximo que se expone es a una mala cara. Tenemos otras cosas más importantes de las que preocuparnos.

Luis Figo ya no es el enemigo público número 1 de los culés. Ese dudoso ‘honor’ se lo ha ganado a pulso su compatriota Jose Mourinho, el irritante entrenador del Chelsea. Ambos tienen en común su pasado blaugrana –el primero como gran estrella del equipo que ganó dos Ligas y una Copa con Van Gaal y el segundo, como traductor-ayudante de Robson– y ahora comparten las inquinas de los aficionados y socios del Barça. La traición de Figo en el año 2000, lanzándose a los brazos de Florentino Pérez a cambio de un contrato milmillonario, rompió muchos corazones barcelonistas. Aunque ahora el técnico del equipo inglés le ha arrebatado el liderazgo del ranking después de sus últimos enfrentamientos verbales con Rijkaard, sus actitudes provocadoras y sus poses chulescas.

De todas formas, parece que Figo jamás olvidará el día de su regreso al Camp Nou vestido de blanco. Aquella noche se registró la pitada más grande de la historia en el Estadi al grito de “¡Pesetero, pesetero!”. El rencor que había provocado su vileza debía explotar de alguna manera. Y así fue. Pero la integridad física del jugador jamás estuvo en peligro. Ni dentro ni fuera del terreno de juego. Ni siquiera recibió la más mínima amenaza. Los catalanes somos gente pacífica y discreta, que preferimos el diálogo a las bofetadas. El, que vivió los cinco mejores años de su vida profesional y personal en la Ciudad Condal, debería recordarlo.

Por eso me extraña que ahora el portugués realice unas sorprendentes declaraciones en un diario de su país asegurando que “nunca voy a Barcelona porque tengo miedo de encontrarme a algún loco, aunque yo tengo la conciencia muy tranquila”. Está claro que, como diría mi hija, se la ha ‘ido la pinza’.

Primero, porque aquí ya nadie se acuerda de él, ni para bien ni para mal. Y segundo, porque pensar que puede ser objeto de una agresión por haber ido en el pasado al Real Madrid es creerse demasiado importante.

Figo y su familia pueden venir cuando quieran. A lo máximo que se expone es a una mala cara. Tenemos otras cosas más importantes de las que preocuparnos.

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